El peletero http://el-peletero.lacoctelera.net WHAT YOU SEE IS WHAT YOU GET es-es Cultura desnudar vestir mirar http://s3.amazonaws.com/lcp/el-peletero/myfiles/st11.jpg165x65.jpg El peletero http://el-peletero.lacoctelera.net the-shaker v0.1. More on http://www.the-shaker.com El peletero/Los cocodrilos del alba (4) http://el-peletero.lacoctelera.net/post/2009/11/25/el-peletero-los-cocodrilos-del-alba-4 2009-11-25T11:31:55+00:00

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La vida prehistórica.


“Andaban con pies planos en extremidades cortas y pesadas acabadas en garras. La cola era larga, el encéfalo pequeño y los dientes eran menos eficaces que los de un gato para desgarrar o cortar carne” (1), a pesar de ello fueron conocidos como “dientes de carnicero”, eran carnívoros primitivos.

En cambio, a los modernos se les llama “pies partidos” o “pies de aleta”, como si fueran peces en lugar de animales terrestres, husmeadores y astutos.

Nuestras gatas tienen “encéfalos mayores, un oído más fino, caninos más desgarradores, molares más trituradores y extremidades mucho más largas”(1), aunque no tanto como las de Carmencita, una auténtica mordedora lenta.

Carmencita era la amiga de Encarnita, la hija de mi tío Felipe, el que se casó dos veces, una después de otra, con la misma mujer, Juliette, francesa de Burdeos y que inauguró mi playa con el primer bikini de mi vida, el más pequeño que mis ojos han visto jamás, rojo y amarillo, “à petit pois » como si fuera la bandera de algún club deportivo:

Sur une plage il y avait une belle fille, qui avait peur d'aller prendre son bain. Elle craignait de quitter sa cabine, elle tremblait de montrer au voisin. Un deux trois elle tremblait de montrer quoi. Son petit itsy bitsy teenie weenie tout petit petit bikini, qu'elle mettait pour la première fois. Un itsy bitsy teenie weenie tout petit petit bikini. Un bikini rouge et jaune à petit pois. Un deux trois voilà ce qui arriva. Elle ne songeait qu'à quitter sa cabine. Elle s'enroula dans son peignoir de bain, car elle craignait de choquer ses voisines, et même aussi de gêner ses voisins. Un deux trois elle craignait de montrer quoi… (2)

(1) »Guía Cambridge de la vida prehistórica », David Lambert.

(2) « Itsy Bitsy Petit Bikini », Richard Anthony

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Las garras de la paloma.

Los pavos, los loros, los buitres, los búhos, y los gallos acostumbran a tener picos cortos, y algunos, entre los que también se hallan los cucos, presentan un dedo externo girado hacia atrás, como si hicieran autostop o bien nos salvaran la vida o nos la condenaran, igual que los Césares en la antigua Roma cuando se moría en las arenas del Coliseo, a la vista de todos.

Abejarucos, vencejos, tucanes, pájaros carpinteros y ebanistas, alcaudones y cóndores. Picos curvos, quetzales, toderos, y pájaros cantores, aves de presa con garras que igual que capturan presas sirven también para posarse en una rama sin llegar a caerse.

Las palomas blancas, tan blancas como la Blanca Paloma, vuelan rápido y viran al rojo y al azul según la luz que se les supone atesoran.

Yo conocí a una que se llamaba Blanca y a otra que quería ser una Paloma mensajera. Ambas eran mujeres, pero ni la una era clara ni la otra una embajadora, ninguna de las dos llegaba a ser una diosa y mucho menos una virgen paridora, no eran nada de eso ni tampoco algo que se le pareciese, excepto por ese extraño dedo vuelto hacia atrás.

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Las patas del ángel

Había días que pensaba que era un ganso pecoso de Australia, y otros una simple ave zancuda de extremidades largas. Siempre me han gustado las mujeres de piernas de jirafa, de caballo recién nacido o de grulla asilvestrada.

Sin embargo, los patos, y la mayoría de las aves marinas, son paticortos aunque muestran algunos de los mejores picos de todo el universo femenino. Las hembras oceánicas, como las pardelas, tienen los brazos delgados, los pies grandes y los agujeros de la nariz profundos como si fueran unos orificios tubulares. Yo prefiero los colimbos por humildes, pero las más bellas entre todas son las garzas y los ibis sagrados con sus bocas en forma de flecha y su cuello de azagaya lista para disparar palabras.

Marta parecía usar zancos, cuando se calzaba los zapatos de fiesta tocaba el cielo. Yo siempre la admiraba desde el suelo, y aunque la pobre no volaba mis dedos ni la rozaban.

Tenía el pico negro y la lengua dura de mujer, pero todavía conservaba los dientes como si no quisiera olvidar su pasado de pájaro joven.

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Los cocodrilos del alba

Los cocodrilos del alba eran unas criaturas pequeñas con aspecto de lagarto.

Tenían extremidades delgadas, cuerpo y cola desarrollada, cráneo de diseño anticuado, dos aberturas detrás de cada ojo y dientes dentro de la boca, no fuera de ella. Algunas planeaban de árbol en árbol con alas de piel tensada entre costillas enormemente largas.

Otras buscaban el mar.

Yo conocí a una que se llamaba Esther, difusa, despeinada y morena de piel muy blanca. Sus ojos siempre tenían el aspecto de haber llorado, hinchados y rojos, como sus labios cojos, que dibujaban una “M” amplia y gruesa. Me enamoraron su muy corta minifalda y sus piernas interminables y pálidas, sin color, suaves y con las incipientes varices muy bien señalizadas.

En el rostro tenía alguna espinilla, el cuello y los antebrazos eran largos y delgados igual que sus dedos finos de relojera. Vivía en la playa esperando que llegara el día de irse mar adentro.

Con su escote fino, su cuerpo estirado y sus mandíbulas estrechas, y ribeteadas de afilados dientes, podía atrapar cualquier pez o bestia marina. Con sus colmillos frontales lo agarraba para tragárselo sin masticar.

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El peletero/El tiempo pequeño/Recuerdos http://el-peletero.lacoctelera.net/post/2009/11/16/el-peletero-el-tiempo-pequeno-recuerdos 2009-11-16T11:27:45+00:00

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Recuerdos

“Sus mil dedos golpeaban los cristales y el agua los esmerilaba de gris y de plata”. Sin ramas y sin brazos, sin manos para acariciarte llevaba el timón mirando al frente, las nubes crecían en el horizonte que no terminaba nunca de llegar, mientras, mi barca se hundía tras cada legua de más. “No temas”, me decías, “te espero en mi casita del fondo del mar”.

“Tras las nubes, y el viento que las arrastra, vendrá la tormenta, pensabas”. El levante trae agua y el mistral polvo, decías, la lluvia y el torrente arrastran las almas convertidas en sueños que navegan solas sin saber a dónde ir. Mis palabras son los remos y mi vela son tus faldas que penden de mi madero muerto, verga seca, tronco hueco de tu luna llena.

“Quizás ella muera también, de pena, y sin duda de frío”, recordaba haber pensado cuando agonizabas sola. ¿Por qué te estás yendo si yo todavía no he llegado?, ¿por qué te mueres cuando aún no he vivido?, espera a morir conmigo que no puedo vivir sin ti.

“Entre las escamas el verde, entre el metal, tú, y con el aroma de las nubes negras” la tempestad y el aletear sin alas, el espasmo de sábanas y los besos sin fin.

“Lluvia y truenos, y si hay suerte… relámpagos”, luces y resplandores y anillos inmortales en tus pechos de mil colores.

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El peletero/El tiempo pequeño/Réquiem http://el-peletero.lacoctelera.net/post/2009/11/13/el-peletero-el-tiempo-pequeno-requiem 2009-11-13T11:10:07+00:00

Réquiem

En algún lugar del tiempo, en el brillo de aquellas hojas imperecederas de mi platanero sigue trinando un jilguero.

Con sus ojos de niño travieso mira el mundo y escucha sorprendido mi propio cuento. Con su boquita de piñón le digo que le quiero y que su cara de peletero desmemoriado la reconocen mis gatas que confunden la vida con el amor. Ellas, que no saben si comen o aman, miran cómo canta. Ellas, que solamente tienen dos ojos y un corazón, no quieren mirar nada más que su carita de mirón.

Se lo digo, y al oírme, mi peletero sorprendido se despierta de su sueño eterno, de su quimera de pieles, cebollas y trigo, que terminará llevándoselo. Muriendo entre camillas, estertores y baldosas de hospital, le cuento que es famoso y que unas que no conoce, y que no conoceré yo, también le quieren y le quieren besar como hago yo.

Desde algún lugar del mundo, a través de aquella luz que entraba por el balcón, con el fulgor y con el resplandor de mis palabras, llegan mis gatas para acompañarle, les he pedido que vinieran y han venido todas, con ellas se va esperando a la primera, a la bienvenida que no puede vivir sin él, y que muy pronto, dos meses después, lo acompañará humilde, iluminando el camino de Alejandro con su luz de mandarina y su reguero de amor y compañía.

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El peletero/El tiempo pequeño/Antes http://el-peletero.lacoctelera.net/post/2009/11/11/el-peletero-el-tiempo-pequeno-antes 2009-11-11T11:52:22+00:00

Antes

Antes estabas sentada en tu silla de madera de respaldo alto y recto. Mirabas desde el balcón el cielo, las casas del otro lado de la calle y suspirabas por un horizonte que no podías ver, escondido tras los montes que rodean la ciudad.

En tu regazo apoyabas un libro a medio leer, mantenías las piernas juntas y el índice de tu mano izquierda marcaba el punto en la hoja setenta y seis. Hablaba de una gata que jugaba con un cordel que confundía con una serpiente.

Su dueño afirmaba que la dulce bestia no había visto nunca ninguna, así que debía de habérsela inventado, pero tú sabías que la reconocería nada más verla, que ese tipo de cosas los animales las saben desde antes de nacer.

En el balcón apenas cabían dos sillas, en una estabas tú y en la otra no había nadie. Vestías una sencilla camisa blanca sin mangas y una falda corta gris plata. El otoño despuntaba y ya hacía fresco, y te habías cubierto con una armilla de fina lana azul marino con dibujos amarillos.

Igual que tus cabellos castaños los zapatos eran pardos, marrones, oscuros y terrosos, planos, de estar por casa, casi unas zapatillas, cómodas y ligeras.

Las uñas sin pintar.

Y por entre tus pestañas, unas nubes que pasaban rápidas ensombrecían los tejados de las casas y el recuerdo de unos ojos que te miraron… sin llegarte a ver.

En ellos, en los ojos y los techados, había amplias terrazas planas, italianas, sin cubierta, donde la ropa tendida y recién lavada ondeaba blanca y ruidosa, abierta y atronadora.

Las sábanas y las faldas, las camisas y los pantalones, junto con los pañuelos inmaculados, limpios de colores, golpeaban el aire como si aplaudieran mancos a la nada y al verdadero arte que es el tiempo que no pasa. Su sombra era un nervio de gata saltarina tratando de matar a una serpiente invisible y vaga.

Tras las nubes y el viento que las arrastra vendrá la tormenta, pensabas, y la gata deberá refugiarse debajo de algún mueble, sorprendida y quizás atemorizada por algo que ella ignora, que es nada más que nada revestida de más nada.

Lluvia y truenos, y si hay suerte… relámpagos.

Las macetas la huelen, el barro cocido cambia de color, se oscurece cuando acechan el agua y la borrasca, crees que recuerdan su pasado de tierra mojada, de fango, de sopa espesa, de cosa blanda. ¿Es su cuerpo actual una cárcel?, ¿una jaula? Para las flores es su casa. De pequeña te olvidabas de sus tonos y fragancias y dibujabas adornos y lagartijas en las vasijas y tiestos. Tu madre te decía que estabas loca y tú soñabas con estarlo.

Te hubiera gustado tener un jardín con malas y buenas hierbas, con tilos y moreras, con manzanos y cerezos, pero te conformabas con las flores que peinan la barandilla de hierro colado que protege tu balcón, y que suponías que algún marido celoso había forjado en las entrañas de algún volcán… en erupción.

Jacintos y lilas, rododendros y lirios, mirtos y narcisos, y un poco de menta para dar olor a las manos.

Y un jilguero en su caja.

Antes estabas sentada leyendo, pero ahora descansas mirando al viento. Ya caen las primeras gotas, son gordas y pesadas, son ruidosas, feas como manchas, te salpican las piernas y los brazos desnudos, son goterones sucios y rellenos de polvo.

El viento arrecia y la luz se apaga en una gris claridad, argentina y rala. El jilguero calla y algún pétalo cae y revuela, y si abrieras el libro las hojas huirían de tus dedos como lo hicieron las palabras de tu boca cuando besaste, aquella vez, a tu amante tierno.

Para no regresar jamás.

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El peletero/El tiempo pequeño/El bosque http://el-peletero.lacoctelera.net/post/2009/11/09/el-peletero-el-tiempo-pequeno-el-bosque 2009-11-09T11:42:43+00:00

El bosque

Había todo un bosque en solo árbol de tronco pálido y grueso, de ramas altas que podía tocar con mi mano de niño travieso. De hojas planas de un verde intenso y claro. Arriba se hallaba el sol y debajo la vida. El ruido, y las sombras frescas de clorofila, acompañaban al deslucido mate de las baldosas y al gris brillante del adoquín que cubría la calle.

También había los amarillos y los azules de tus vestidos que lucías al pasear. El castaño suave y el rubio radiante de tus cabellos, el cielo de tus brazos, y el viento en aquellos lazos de colores que prendían y pendían de algún mechón.

Entre la selva las esmeraldas, entre las ramas tus frutos,  y entre tus ojos el ceño y tu mirada de pirata que nunca me miró de tan alto que estaba mi balcón.

El pastel, el beige, el marrón, el chocolate, los tornasoles en el aire, y en las copas de los árboles flores. Aquel ligero resplandor, las lentejuelas debajo de tu falda, chispas y perlas en tu ropa interior, blanca y pequeña, con remates y algún que otro dolor.

Corazones bordados, pistilos y corolas, labios y pétalos, ojos abiertos, polen, limaduras y cenizas, y todo el oro en polvo pintado en tu corazón.

¿Cómo se pinta el oro?, me preguntabas. Y yo te confesaba que no lo sabía, y al responderte lloraba al pensar en la otra vida, en aquella que hube de vivir sin ti antes de nacer, ¿la recuerdas?, te preguntaba a mi vez, y tú, en lugar de responder cantabas como si fueras mi jilguero o mi gata blanca que nunca tuve, no la tuve a ella ni te tuve a ti.

Ni mañana ni tampoco ayer.

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El peletero/El tiempo pequeño/Entonces http://el-peletero.lacoctelera.net/post/2009/11/06/el-peletero-el-tiempo-pequeno-entonces 2009-11-06T11:35:38+00:00

Entonces

En aquellos años los árboles todavía alcanzaban nuestro balcón, por entre los barrotes de hierro negro entraban sin pedir permiso. Sus ramas altas y jóvenes nos ofrecían unas hojas tan grandes como manos abiertas, limpias y verdes. Con ellas jugábamos a vender pescado, cuchillos de plata envueltos con periódicos y escarcha, fauces monstruosas de dientes más afilados que los de mi gata, ojos de pez, de ciego que han  visto la oscuridad metálica del mar, y que ahora, una vez muertos, miran atónitos y boquiabiertos a mi jilguero cantar.

Al terminar el invierno los podaban, parecían salir del esquilador, con el flequillo bien recortado y sin lana, con las uñas pulidas y las manos vacías, huesudas y abiertas en demanda de alguna limosna y un poco de nada.

Añoraban su sombra, su baile quieto y su antiguo y joven verdor.

En aquel tiempo, mucho antes de nacer, yo era un simple muchacho feliz y asustado al ver a mis plataneros bailar, agitarse cuando soplaba el levante cargado de mar. La lluvia caía, brotaba y se derramaba, era un torrente celeste que empapaba a titanes iracundos de cien extremidades. Sus mil dedos golpeaban los cristales y el agua los esmerilaba de gris y de plata.

Entre las escamas el verde, entre el metal, tú, y con el aroma de las nubes negras mi amor por ti.

Eso era entonces, cuando te mostrabas dulce y altiva como yo te quería, cariñosa y esquiva, con la cabeza alta, de perfil, y sin mirarme mirar a la jaula, y sin oírme escuchar el himno de las alas, la danza de las manos, las hojas y las ramas.

Ajena a mí y a todo, a mi alma, a mis ojos y a mi gata, a mi nube blanca y a mi esplendor.

Así, olvidada, te amaba. Así, amada, nunca te olvidé.

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El peletero/El tiempo pequeño/Mucho antes http://el-peletero.lacoctelera.net/post/2009/11/04/el-peletero-el-tiempo-pequeno-mucho-antes 2009-11-04T17:56:38+00:00

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Mucho antes

Desde mucho antes de morir mi jilguero, cuando dejó de cantar, la gata ya estaba triste y mustia. Se mostraba esquiva conmigo y maullaba a la jaula suplicando un trino.

Anticipaba el final buscando desde el balcón un aliento, un soplo, esperando al viento, que arrastra las nubes entre el cielo y el suelo, escuchaba un río.

Ahora, que mi pájaro ha muerto, se ha quedado abatida y doliente. Acurrucada en su rincón se mantiene quieta y hecha un ovillo. Lleva ya demasiados días sin comer y le ha bajado la temperatura. El veterinario afirma que quizás ella muera también, de pena, y sin duda de frío.

Los animales saben esa clase de cosas, pensé. Consiguen ver nada más abrir los ojos, como si fueran un mirlo disfrazado de Dios o de demonio. Cada vez que miran, el mundo se les aparece por primera vez.

Huelen el temor de los demás, su ansia, su necesidad y su sed, también su muerte, la de los otros y, sin duda, la suya propia. Olfatean los humores, las menstruaciones, los sudores, las corrientes que recorren los intestinos y las venas, las lágrimas que millones de ojos derraman cada noche de cada día. Las bestias del paraíso deben convivir también con su propio miedo, que nunca los abandona.

Todo eso lo saben desde mucho antes de nacer, me digo, una vez más, sin hablar y mientras escucho atento, con mi oreja pegada a tu abdomen y a tu ombligo, tu jadeo, el torrente subterráneo que recorre tus miembros, desde la cabeza hasta los dedos de tus pies.

Te ausculto como si fueras a parir un jilguero.

En tu vientre busco un ritmo, pero solamente oigo un tono, un rumor, un murmullo sofocado y continuo, un devenir sin compás ni cadencia, parece un derrame, una hemorragia a punto de estallar como si hubieras de darme a luz a mí mismo.

Parezco tu hijo, pero no soy ningún dios ni tampoco un mirlo, mis plumas no son negras, ni mis escamas las de un pez, y siempre que te miro es como si te viera por última vez.

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