El peletero/Peor que el sexo

Me llaman “El Gordo” y jamás me he enamorado ni de un hombre
ni de una mujer. Esa es la respuesta oficial que doy cuando algún irresponsable
se atreve a preguntarme tal impertinencia. Aunque sólo yo conozco la verdad.
Sí, en cambio, he visto a muchos enamorarse y a muchos más
desenamorarse. Las dos cosas son una tragedia y, aunque perfectamente eludibles,
ambas parecen tan inevitables como la envidia que los dioses tienen hacia
nuestras debilidades y flaquezas.
Contemplar el ascenso y la caída de la piedra que Sísifo
empuja ladera arriba, con todo su esfuerzo para que al final caiga
irremisiblemente por el otro lado de la montaña, una y otra vez, es tan
desolador como indigno. Eso es el amor, como la misma vida, algo tan fatal como
imposible.
Cuando tenía catorce años se apoderó de mi cuerpo una mujer
de cincuenta. Era hermosa, opulenta, generosa y cálida. Experta, y también insaciable.
Fue muy difícil deshacerse de ella, todavía no lo he conseguido, su olor aun
ronda por mi cabeza. Hay noches que me asalta y me produce un insomnio
doloroso, una duermevela atormentada. Sueño con ella y las cosas que hacía
mientras yo la miraba sentado en una esquina de la cama sin tocarla ni tocarme.
Mis putas preferidas no han conseguido extirparme ese olor persistente, y eso
que les pago generosamente bien, tal vez porque se parecen demasiado a ella o
tal vez porque soy yo el que se parece todavía a aquel niño de catorce años.
Un gremio que frecuento con mucha asiduidad es el de los
peritos. En él tengo muy buenos colaboradores que no dudan en seguir mis
indicaciones subiendo o bajando tasaciones según las necesidades de mi cliente.
A veces se meten conmigo y con mi aspecto obeso y lastimoso, pero yo les
perdono, no me lo tomo a mal, soy el primero en reírles sus bromas. Es uno de
los mecanismos que tienen para liberar la tensión que les produce trabajar
conmigo, saben que no pueden decirme que no. Yo les dejo hacer, mi ego es inane
a los elogios y a las burlas, es débil con la codicia, pero es insensible con
la vanidad, esa es mi fuerza. Con mi ego y mi dinero soy capaz de conseguir incluso
que alguien se ría de la piedra que le acaba de romper la cabeza.
Pero trabajar con ellos significa hacerlo en asuntos que ya
están en manos de los jueces. Y a mi eso no me gusta. Como ya sabemos la
maquinaria judicial es engorrosa, impredecible y lenta, además de cara. Yo
soluciono los asuntos con sencillez, según el plan previsto, rápidamente, y aunque
soy más caro que la justicia vale la pena correr el riesgo de contratarme.
Siempre es interesante conocer el veredicto con antelación.
Aquella mujer necesitaba una buena peritación de sus joyas
frente al embargo bancario que le había caído encima. Cuanto más alto fuese el
valor de sus piedras embargadas más cubierta quedaría la deuda, una suma a la
que había que añadir unos legales y usureros intereses. Debíamos hinchar
bastante aquellos números.
Las joyitas no valían gran cosa, ella sí. Era una mujer
espléndida, físicamente poderosa, de mirada rápida y codiciosa, nada más verla
me recordó aquella otra que conocí en mi adolescencia, esa de la que ya os he
hablado más arriba. Olía como ella, no sé si mal o peor, pero igual. Y también
reía de la misma manera. Me recordó a esa mujer de mi adolescencia cuando se me
abrió de piernas por primera vez , me abalancé sobre ella como si me estuviera
muriendo de sed. Se rió, al principio sí, se rió, luego ya no. Se rió de mi
ansia y a mi me asustaron sus gritos, luego comprendí que no eran gritos, el
placer puede ser más inhumano y más insoportable que el dolor. Y ella
demostraba que no podía soportar ninguna de las tres cosas. ¿Cuál era la
tercera?, la ausencia de las otras dos.
Nos pusimos en marcha enseguida, los números quedaron pronto
listos y a punto. Por si acaso, dejamos caer también una piedra de diez
toneladas encima del automóvil, vacío, del abogado del banco. Fue divertido
verle mirar al cielo con la boca abierta. Entendió el mensaje claramente.
Hasta aquí fue un trabajo rutinario, sólo que esta vez apareció
algo imprevisto pero previsible. El amor y la codicia muchas veces andan de la
mano. Mi clienta quiso seducirme, no quería pagar en dinero. Yo primero la dejé
hacer, fue divertido verla rastrear mi bragueta sin lograr encontrar nada,
estaba demasiado gordo y no supo dónde buscar, tocaba carne, pero no la carne
adecuada. Me reí de su inhábil mano para obesos, pero me reí poco, yo no río
nunca demasiado. Le arranqué el vestido y su ropa interior. Se asustó, le
estaba dando miedo. Yo vestido, enorme, y ella desnuda con sus grandes pechos
caídos balanceándose, era una escena estéticamente desproporcionada, mi gordura
siempre causa este efecto. Me acerqué, la agarré del cuello y le puse la mano
en su sexo, estaba más seco que mi alma, lo olí durante unos minutos y luego la
dejé. Se vistió deprisa y más deprisa me pagó, esta vez con billetes de verdad.
Y casi huyendo se fue con aquel vestido roto y sin ropa interior que quedó
tirada por el suelo. Yo me subí la cremallera de la bragueta y me fui al baño a
lavarme aquella mano apestosa.
Su siguiente víctima fue el perito que había alterado la tasación
de sus baratas joyas. Cayó como hubiera caído un niño de catorce años. Al cabo
de seis meses mi clienta desapareció con todo el dinero que había en la cuenta
corriente de él.
De momento.
Su físico no era adecuado para borrar huellas. Pronto la
encontramos colgada del brazo de un abogado Era un tipo de esos, muy delgado,
con bigote teñido y que tienen que afeitarse varias veces al día y que en lugar
de sudar, estornudan.
Parecía un abogado legal. Escribía con una letra muy pequeña
y minúscula, donde sobresalían más las tildes que las palabras. Tenía algo de
dinero y parecía eficiente en los asuntos testamentarios, donde había que
dirimir disputas familiares terribles por cuatro bienes mal ahorrados por el
difunto de turno. Era tímido y ahora estaba asustado con aquella mujer que le
sabía morder como nadie.
Mi perito quería recuperar su dinero y vengarse de ella.
Hacía bien su trabajo, me interesaba ayudarle, sería fácil. Nadie mejor que
este abogado tímido. Pagaría lo que fuese por no perder esta garganta sin fondo
en forma de mujer.
Fuimos a verlo y le dijimos: “tómeselo como una pelea entre
hermanos donde usted hace el papel de Salomón; divida la herencia a partes
iguales y asunto terminado. Dénos la mitad de su propio patrimonio y nosotros a
cambio le dejaremos disfrutar de esa centrifugadora que tiene por esposa y que
no usa ni pilas, ni se enchufa a la corriente”.
Así lo hizo, naturalmente ella, al enterarse de su repentina
pobreza, lo abandonó. Muchacho, le dije a mi perito, ya hemos recuperado el
dinero y con una buena comisión por daños y perjuicios, ella es asunto tuyo.
No sé que sucedió, ni qué hizo, ni qué no hizo el perito,
pero algo debió de hacer y encima hacer mal, rematadamente mal pues esa mueca
de disgusto que se le quedó en la cara fue para siempre. Era un gesto raro,
como si le hubieran partido la cara en
dos, dejó de tener un rostro simétrico. Desde aquel momento siempre le costó
cerrar la boca, la mandíbula inferior le pesaba demasiado y la comisura de sus
labios se le llenaba de una saliva blanquecina y reseca. Nunca me contó nada y
yo tampoco se lo pregunté. Pero seguro que estaba arrepentido. Tendría que
haberse conformado con el dinero y haberse olvidado de ella. Es
contraproducente tener catorce años a los cincuenta.
No supe más de ella, pero bastante tiempo después me pareció
entreverla en unas fotografías muy raras que me enseñó la policía. Estaba
desnuda, más gorda, y a su lado había un tipo también desnudo, tan obeso como
yo, pero que no era yo, haciendo con ella algo que se parecía al sexo pero que
tampoco era sexo. No sé que era, pero parecía peor que el sexo si es que hay
algo peor que eso. Da placer, ¿placer?, sí, pero nada más.








todos dijo
La Coctelera ya tiene foro. Pasa por http://www.lacoctelera.com/todos/post/2007/03/03/coctelera-ya-for......-
¡Gracias y hasta pronto!
3 Marzo 2007 | 11:51 PM