El peletero/Bienvenida

Mi padre siguió al pie de la letra el mismo consejo que Jenny le dio a Forrest Gump cuando éste le hizo saber que lo habían destinado al Vietnam. “Prométeme”, le pide Jenny, “prométeme que si te ves en peligro, correrás; corre, no pares de correr”.
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Habían estado todo el día anterior combatiendo para conquistar una triste loma a base de disparos de fusil ylanzamientos de piedra, que era casi lo único que tenían los soldados republicanos para hacer la guerra. Todo un día para desalojar a cuatro soldados franquistas y matar a otros tantos.
Pasaron la noche sin dormir.
Nada más despuntar la mañana los oyeron venir. Eran media docena de tanques, y detrás unos cien hombres. Ellos apenas llegarían a treinta. Nadie tuvo ninguna duda. Todos huyeron a la carrera bajando la loma aterrorizados, abandonando en la retirada armas, mochilas y equipajes, todo. Mi padre llegó a perder incluso las alpargatas que calzaba. Al llegar al fondo de la pequeña vaguada se dio cuenta de que iba descalzo y que le sangraban los pies. Desde allí tenían dos posibilidades, seguir el cauce del río seco o subir la siguiente loma. Estaban todos exhaustos y los morteros enemigos pronto empezarían a disparar, no podían quedarse en aquel lugar.
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Rosita nació en Barcelona, pero sus padres lo hicieron en Mora de Rubielos, provincia de Teruel. Desde allí emigraron a pie y tardaron un mes en llegar a Barcelona. El padre de Rosita, Juan, era un santo, decían, permitía que le robasen el bocadillo del desayuno que dejaba a su lado, en el banco de la iglesia. Cuando murió, en el momento de expirar, se abrieron literalmente y al mismo tiempo todas las ventanas y puertas de la casa. Su alma era demasiado grande para salir únicamente por una de ellas. Esa fue una maravilla que la familia todavía recuerda.
Rosita aprendió a leer sola, cantaba jotas mañas con acento catalán, y se quedó embarazada por primera vez a los catorce años. Cuando Neil Armstrong llegó a la Luna, ella estaba frente al televisor para verlo.
Tuvo nueve hijos que llegaron a adultos, cinco varones y cuatro hembras. La más bonita de ellas, Bienvenida, hubo de enfrentarse a los dieciséis años a un dilema trascendental. Según y cómo lo resolviese su vida se encaminaría hacia una u otra dirección. Hubiera querido estudiar, le gustaba y tenía aptitudes. Su padre siempre se lo había impedido siguiendo el criterio de que las mujeres no necesitaban saber nada más que cuatro cosas, meras habilidades domésticas.
El matrimonio de Rosita terminó por romperse y los ocho hijos mayores decidieron irse a vivir con ella. El padre solamente pudo retener al más pequeño, Eduardo, de apenas cuatro años. Entristecido, vio como todos sus otros hijos le abandonaban para irse con la que hasta entonces había sido su esposa.
Un día fue a buscar a Bienvenida a la salida del taller de marroquinería donde trabajaba. Y mientras la acompañaba en su camino hacia casa, le propuso irse a vivir con él a cambio de pagarle los estudios por los que ella tanto había suspirado y suplicado.
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Espontáneamente se dividieron en dos grupos, media docena siguió río abajo por el cauce seco, todos los demás emprendieron la pesada subida de la montaña. Mi padre, al ver a esos últimos, pensó ¿qué hacen?, ¡por la vaguada es más fácil! Estuvo tentado de seguir a los seis que huían por la cañada, pero un instinto superior lo retuvo y decidió continuar con la mayoría que, pesada y fatigosamente, subían la loma.
A los seis que huyeron por el río les esperaba una patrulla emboscada que acabó ametrallándolos, todos los demás se salvaron, incluido él.
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Bienvenida no tuvo ninguna clase de duda. No aceptó el chantaje que su padre le proponía. Y no lo aceptó porque tampoco lo amaba.
Bienvenida es mi madre, y cuando todavía podía conversar de cualquier cosa con ella siempre se lamentaba de no haber podido estudiar. Te equivocaste, le recriminaba yo, debiste haber aceptado la oferta. Nadie te prohibía seguir viendo al resto de la familia, podías verla tantas veces como hubieras querido. Jamás habrías perdido los vínculos con ella, ni con tu madre ni con tus hermanos. Y además, tendrías ahora los estudios que anhelabas.
Cuando le decía esas cosas se callaba y me respondía al cabo de un buen rato que si lo hubiera hecho ni mi hermano ni yo habríamos nacido. Y ¿qué importa?, le respondía, ¿qué más da uno u otro? La que seguiría viva serías tú, eso es lo importante, habrías tenido otros hijos a los que también habrías amado y quizás puesto los mismos nombres. ¿Y papá?, tampoco lo habría conocido, me contestaba apenada. No, pero el mundo está lleno de hombres, mamá, lleno, y todos piden y dan lo mismo.
Bienvenida no asimilaba este tipo de conversación, le hacía daño. Yo me daba cuenta demasiado tarde de mi error y de mi estupidez. Su dolor me consternaba y me llenaba de dudas y de culpa. Al final terminábamos los dos mirándonos en silencio.
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Mis padres se conocieron en un salón de baile. A pesar de ser ya una mujer, Bienvenida parecía una niña. Aquel día no le permitieron entrar en el local al sospechar que fuera una menor. Él la vio protestar desde la otra punta de la pista, y aunque tenía una acompañante con la que bailar fue rápidamente a rescatarla. Sesenta y siete años después todavía siguen juntos.
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R A O N S
Dolors que tornen prosperen i maduren, et faran púdic mentre, en silenci, esperes. Car has d’esperar sempre.
Sempre s’espera, diuen els homes doctes. Els sents, i calles. Tu calles, preparan-te una amarga mort digna.
(Vicent Andrés Estellés)
R A Z O N E S
Dolores que regresan prosperan y maduran, te harán púdico mientras, en silencio esperas. Pues debes esperar siempre.
Siempre se espera, dicen los hombres doctos. Los oyes, y callas. Callas, preparándote una amarga y digna muerte.
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Madeleine De Cubas dijo
Realmente, Peletero son fabulosas tus historias. La vida está llena de ironías y nos obliga por una razón o por otra a tomar decisiones difíciles, que unas veces resultan acertadas, a pesar de parecer más "cuesta arriba", como en el caso de tu padre, o equivocadas, en apariencia, como en el caso de tu mamá, que sacrificó sus sueños, frente a sus convicciones y sentimientos. No es fácil, Peletero, y quién podría decir que a la larga tu madre se equivocó? Como ella misma te lo dijo, si hubiera aceptado el ofrecimiento de su papá, tal vez hubiera sido la profesional que soñaba, pero quién sabe si igual de feliz como fue. No te parece? Decisiones, decisiones y más decisiones. Esa es la vida. Pero una vez que se sigue lo que te dice el corazón, no hay ninguna razón para mirar para atrás. Te habla la voz de la experiencia, de alguien que ha sido muy feliz, y estuvo en tremenda encrucijada alguna vez en la vida. Un abrazo. Señora Nostalgia
6 Mayo 2007 | 12:20 AM