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La Coctelera

El peletero

WHAT YOU SEE IS WHAT YOU GET

23 Mayo 2007

El peletero/La Puerta del Infierno

El lago de Kastoriá son casi dos lagos en uno a causa de la península que en su centro se adentra en él, hasta poco más o menos partirlo por la mitad.

Parece una hernia estrangulándolo o una célula en pleno proceso de partenogénesis.

Muchos inviernos el lago se hiela y sus humildes y suaves olas se quedan cristalizadas en un dulce vaivén que recuerda el hechizo del cielo, donde dicen no manda el tiempo.

La ciudad y el paisaje se cubren de nieve inmaculada que muy pronto se ensucia. Andar por sus calles empinadas y circular por sus carreteras se vuelve peligroso. Es necesario utilizar cadenas y ser muy precavido. Yo tenía el privilegio de disfrutar de la habilidad de Vanguelis que sabía conducir un automóvil con una sola pierna. Es difícil de describir y creer, pero era así, tal cual lo cuento. Con Vanguelis al volante sabías que nada malo podía ocurrirte.

El sentido común indicaba que cuando helaba, todos nos debíamos de haber quedado en casa, refugiados entre las sábanas, escondidos en su calor fugaz, camuflados, como niños mal criados que aparentan estar enfermos para no ir al colegio. Pero no, la actividad de la ciudad no se detenía nunca, seguía febril, indiferente al clima y a la belleza del paisaje visto desde lejos. De cerca, la nieve es molesta, fea y, todavía algo peor, desoladora. En estos días el cielo parecía que se iba a desplomar y que nos iba a atrapar a todos como una maldición bíblica, justos y pecadores, mezclados y sin tamizar.

El Hotel Tsamis tenía una pésima calefacción, pero sí un buen hogar muy bien
provisto de leños para quemar. Por las noches todos los huéspedes nos arremolinábamos en el pequeño salón principal, buscando su calor, viendo partidos de fútbol en la televisión o jugando al ajedrez o al backgammon. Incluso las prostitutas se quedaban en él y no iban a trabajar, enfundadas en enormes jerséis de lana no paraban de fumar; en días tan fríos no tenían clientes a los que atender. Aquello parecía un caldo espeso de gente charlando, alientos húmedos, ruido y humo de tabaco.

Y cuando había suerte sonaba música.

Las habitaciones naturalmente también carecían de la calefacción necesaria, y yo me veía obligado, supongo que como los demás, a dormir completamente vestido para no congelarme; menos los zapatos, me calzaba hasta la chaqueta de piel y los guantes.

Trece maneras de mirar un mirlo

I

Entre veinte montañas nevadas,
lo único en moverse
Era el ojo del mirlo.

II

Era yo de tres opiniones,
Como un árbol
En el que hay tres mirlos.

IV

Un hombre y una mujer
Son uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
Son uno.

XIII

Toda la tarde era crepúsculo,
Nevaba
Y también nevaría.
El mirlo se posó
En las ramas de un cedro.

Wallace Stevens

Apenas había terminado de leer la novela de Harper Lee, “Matar a un ruiseñor”.

Mientras en mi cabeza todavía permanecía bien visible el rostro de Gregory Peck interpretando a Atticus Finch, intentaba, sin mucho éxito, releer por enésima vez el poema más emblemático de Wallace Stevens, “Trece maneras de mirar un mirlo”, aunque hacerlo allí, en aquel estridente, cálido y abigarrado ambiente del salón del Tsamis era ciertamente casi imposible. Sin embargo y quizás por contraste llegaba a ser muy sugerente la imagen de un ojo de mirlo moviéndose en la quietud helada del paisaje, vigilante y atento. Diminuto y sagaz.

Mientras todo permanece inerte, siempre hay un ojo de mirlo que mira el mundo por primera vez.

Casi no había lugar donde sentarse, aquel era uno de los inviernos más fríos que recuerdo y en el salón ya casi no se cabía. Pero tuve suerte al conseguir sitio frente a la mujer con unas de las piernas más bonitas que recuerdo. Nos habíamos visto muchas veces y muchas veces nos habíamos saludado solamente con un simple movimiento de cabeza, cuatro palabras corteses, y una sonrisa algo más que educada. Ella siempre estaba allí y siempre estaba como ahora, leyendo el periódico, con las gafas en la punta de su nariz y a punto de caérsele. La melena negra tapándole media cara o recogida detrás en una bella coleta. Sentada, medio ladeada, en una postura incómoda y en una butaca demasiado pequeña para su cuerpo, grande y esbelto. Parecía clienta del Hotel, pero no estoy muy seguro de ello. Tampoco era su dueña.

Me miró por encima de sus gafas y con una sonrisa encantadora me preguntó qué leía. Se lo dije. Ambos teníamos que levantar la voz, el ambiente era ruidoso y el televisor tenía el volumen demasiado alto.

- Léamelo, por favor.

- (Se lo leí) ¿Le ha gustado?

- Mucho. ¿Cómo es un mirlo?

- Negros creo, son unas aves americanas.

- ¿Ha visto alguno?

- Un mirlo no, pero un estornino negro lo tuve hace cuatro días, el lunes
pasado, entre mis pies picoteando las migajas que caían del bocadillo
que me estaba comiendo. Fue en Atenas, ya sabe, allí también ha
nevado, casi nunca lo hace, pero este año hasta las playas se han
cubierto de nieve. El pobre debía de estar muerto de hambre. No daba
señales de tenerme miedo y si lo tenía se lo aguantaba. No era un
ruiseñor, pero sí era un auténtico “Atticus Finch”, una bella casualidad
poética.

- ¿Es usted ornitólogo? (tono simpáticamente burlón).

- No se burle, tal vez pueda enseñarle algo que todavía no sabe.

- ¿Sí? (fingidamente desconfiada)

- Confíe en mí.

- Como usted quiera, pero… ¿qué se imagina usted que yo no sé?
(sonriendo un poco).

- Es muy fácil, usted no sabe nada de mí.

- ¿Debería saber? (sonriendo un poco más)

- Por supuesto que no, pero tampoco le haría ningún daño si me
permitiera enseñarle.

- ¿Ningún daño?, poco prometedor se muestra (sonriendo mucho).

- ¿Quiere que le duela?

- (Risas) No es necesario llegar tan lejos, hágame reír, nada más.

- Ya se ha reído, lo ve, no es tan difícil.

- (Amplia sonrisa) Dígame entonces cómo cruzar las piernas de otra
manera (removiéndose en la estrecha butaca y con una cara
fingidamente lánguida), ya llevo mucho rato sentada en la misma
posición y esta minifalda, o es muy corta, o yo tengo las piernas
demasiado largas (Suspiro).

- Vayamos a dar un paseo

- Está nevando y hace mucho frío (cara de frío, entornando los ojos y
frotándose las manos).

- Vayamos entonces a mi habitación.

- Mejor a la mía (formal y mirando hacia otro lado).

- ¿Quiere que pida vino?

- Sí por favor, y también algo para poder escuchar música. Si le apetece
podemos bailar (grave, pero mirándole a los ojos).

- Buena idea (sin apartar la mirada).

- ¿Le gustan mis piernas? (pícara, se levanta de la butaca y se ajusta y
alisa la minifalda).

- Son prometedoras (también se pone de pie).

- ¡Es usted más bajo que yo! (sorpresa)

- No se preocupe, enseguida estará usted a mi altura. (parafraseando a
Spencer Tracy)

- (Risas) No me llames de usted, llámame de tú (cara manifiestamente
fingida de niña inocente y encogiendo un poco las piernas).

- Cómo usted prefiera.

- Por cierto, (subiendo las escaleras y medio girando la cabeza) ¿a qué te referías cuando has nombrado un “Atticus Finch”?, ¿qué es eso? (curiosa).

- Abramos primero la botella de vino, (subiendo también las escaleras,
cuatro escalones detrás de ella y mirándole sus piernas asombrosamente
largas) es una historia que tiene que ver con un peletero ornitólogo.
¿Cómo te llamas?

- ¿Un qué? (intrigada)

Gallant Château

¿Está mal el haberse acercado hasta aquí
Y encontrar que la cama está vacía?

Hubiéramos podido hallar cabellos trágicos,
Ojos amargos, manos ateridas y hostiles.

Pudo haber existido una luz sobre un libro
Iluminando un verso cruel o dos.

Pudo haber existido la inmensa soledad
Del viento entre las cortinas.

¿Versos crueles? Unas pocas palabras afinadas,
afinadas, afinadas, afinadas.

Todo está bien. La cama está vacía,
Y quietas las cortinas, tiesas, yertas.

Wallace Stevens

El Hotel Tsamis no era un “Château”, se hallaba en la entrada del lado Este de la ciudad, en la misma orilla del lago. Tenía un pequeño muelle desde donde vi un día embarcar al equipo griego de piragüismo. Excepto ellos, no vi nunca llegar ni salir de allí ninguna barca, ni bote, ni lancha. Las hierbas iban ocultando aquel pequeño embarcadero, despacio, año tras año, sin que nadie se preocupara de cortarlas, de limpiar, de adecentar. El agua allí estaba encharcada, verdosa y corrupta. Nadie lo utilizaba jamás. Nadie venía, nadie se iba. Aunque más de una noche creí oír el ruido de unos remos golpear el agua. Tuve una rara premonición y no me asomé.

El Hotel Tsamis no fue nunca un “Château”, ni tampoco fue “Gallant”, pero sus camas siempre se quedaban vacías y sus cortinas quietas, tiesas y yertas.

servido por el-peletero 9 comentarios compártelo

9 comentarios · Escribe aquí tu comentario

rincones

rincones dijo

Últimamente siempre creo que no vas a poder mejorar el artículo que acabo de leer y siempre lo consigues. Es una verdadera delicia abstraerse ante estos cuadros paisajísticos que pintas con las palabras, así como esa imbricación de poemas en la trama argumental con que nos estás obsequiando en estos episodios.

Enfriaste las calderas del infierno... ¿Por qué siempre tengo la impresión de que en el corazón del peletero personaje siempre es invierno a pesar del calor que puedan proporionarle el vino, las mujeres..., de que siempre se encuentra a las puertas del infierno? De que todas sus tardes son también crepúsculos, y que mientras nieva se posa en la rama del cedro junto al mirlo. O tal vez en lugar del mirlo... Y de igual manera la sensación de que algo de él no ha salido nunca del Gallant Château.

Solo son preguntas retóricas, Pele. :-) Pero es la impresión que me ha dado, y no solo este episodio.

Un besote, bona nit.

24 Mayo 2007 | 01:15 AM

Madeleine  De Cubas

Madeleine De Cubas dijo

El relato es formidable, pero triste muy triste, y crea desasosiego. Sin embargo, hay frases que a pesar de lo amenazantes me hicieron sonreír, como por ejemplo: "en estos días parecía que el cielo se iba a desplomar y nos iba a atrapar a todos, como en una maldición bíblica, a justos y pecadores mezclados y sin tamizar". Sí, así mismo debe de ser el infierno, un cielo desplomado que atrapa a todos los hombres sin hacer excepciones..., como una guerra o una epidemia, qué se yo. Y la alegoría del mirlo es desconcertante, parecería como si al hombre y a la mujer les fuera imposible deshacerse o prescindir del mirlo, o más bien del ojo del mirlo. Te saltaste la manera 6, 7, 9, 10 y 11 de mirar al mirlo. O era sólo para indicar que el protagonista no se podía concentrar en aquel bullicio?
La escena en el hotel, me recuerda a Lagos, Nigeria. Has estado alguna vez allá? Claro, con la diferencia de que Lagos no es un infierno helado sino hirviente, pero también pleno de desolación y de amores mercenarios.
La parte del flirteo del hombre y la mujer no tiene precio. Siempre me maravillo de la habilidad y facilidad que tienen algunos seres para intimar. Y luego nos asombramos de que haya en todas partes tantas camas vacías y tantas cortinas yertas. De todos modos, el capítulo es soberbio, pero de verdad que triste muy triste. Hasta una especie de alergia me ha producido (mentiras, es sólo broma, je, je). Un saludo.

24 Mayo 2007 | 06:02 AM

el-peletero

el-peletero dijo

Queridas las dos, ren y Madeleine. El protagonista y narrador de la historia no está necesariamente triste. Pero hay que reconocer que cuando uno se acerca o ha estado frente a las puertas del infierno, un cierto desasosiego se apodera de su alma. Si eso me ocurriera a mí, también se me encogería el corazón. ¿Verdad?

Saludos a las dos.

28 Mayo 2007 | 06:08 PM

Madeleine  De Cubas

Madeleine De Cubas dijo

Verdad, Peletero, la simple visión del infierno le encoge el corazón a cualquiera. A mí me produjo alergia, nada más con leer tu relato, je, je. Bueno, pues entonces aléjate del infierno..., no sé por qué, pero presiento que tú sólo te mereces la Gloria. Un saludo y gracias por tus felicitaciones, que aunque atrasadas, valen la pena. A mí también me ha gustado mucho conocerte y tener el privilegio de leer lo que escribes. Hoy, precisamente, le comentaba a Ren, que me encantaría un día llegar a escribir como tú. Eres de los mejores. Un saludo.

28 Mayo 2007 | 10:10 PM

el-peletero

el-peletero dijo

Querida Madeleine, nunca podré pagarte tantos elogios. Ya sé que no hay que pagarlos, que tú no me los reclamas. Pero en fin, muchas gracias por ellos.

29 Mayo 2007 | 04:00 PM

Laculpaesdelotro

Laculpaesdelotro dijo

Como buen mirlo opino cuatro cosas y media... a la mayoría les gusta, a mí también

30 Mayo 2007 | 12:29 PM

el-peletero

el-peletero dijo

Apreciado Laculpaesdelotro, opinar de algo media cosa me parece una actitud muy acertada, consecuencia de un inmejorable criterio sobre el mundo y el no mundo.

Saludos y bienvenido.

30 Mayo 2007 | 01:16 PM

Laculpaesdelotro

Laculpaesdelotro dijo

Este peletero tiene algo de león de Nemea, o el gusto y miedo de sentirse como las cosas que toca... ¿Cuándo la risa de lo que no se entiende?
Suerte

31 Mayo 2007 | 02:22 AM

rincones

rincones dijo

Verdad, Pele, verdad... Nos ocurriría a todos los que alguna vez nos asomamos a las puertas del infierno. Tristeza, desasosiego, hielo en el alma.... Suerte que siempre hay ocasiones para asomarse al menos a las del Purgatorio, incluso cuando hay suerte hasta a las del cielo. No se permanece eternamente ante ninguna de las tres puertas. Al menos, en esta vida. En la otra, ya veremos, en esta no, vamos itinerantes de una a otra.

Besos, Pele.

31 Mayo 2007 | 10:05 AM

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Si desnudar a alguien no ha sido nunca una actividad baladí, vestirla tampoco lo es y mucho menos cuando la materia prima es algo tan sublime como la piel. Este es el hecho, sin más, y en él nos regocijamos y sobre él nos preguntamos y nos hacemos responsables, hasta las últimas consecuencias. ______________________________________________________________ __________________________________________________________________ Suscribir con Bloglines __________________________________________________________________ __________________________________________________________________ Blogalaxia __________________________________________________________________ Add to Technorati Favorites __________________________________________________________________

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