El peletero/El bailarín (1 de 2)

ÉL
Él era un buen bailarín, ni de concurso, ni profesional, pero era un buen bailarín.
A las chicas les gustaba, tenia un físico adecuado, delgado, esbelto y ágil.
Alto.
Las abrazaba y ellas se dejaban llevar con suavidad y firmeza.
Su sonrisa era tan dulce como fuertes eran sus brazos y rápidos sus pies.
La mirada ligeramente triste, y un mechón negro le caía por la frente.
En las manos, más huesos que carne, tan largas, como sus dedos. La palma y la yema casi sin pliegues, casi sin huellas, sin marcas ni rastros, casi como si no tuviera ni pasado ni casi tampoco futuro.
La manicura perfecta, recién hecha, al igual que la ortodoncia y el corte de cabello. Y el perfume suave al entrar, pero áspero al salir.
Mientras bailaban él les decía cosas que a ellas, según parece, les gustaba oír.
Y oír repetir, una y otra vez, como niñas a las que se les lee un cuento.
¿Otra vez?
Sí, otra vez más, le pedían.
Y así, mientras escuchaban sus palabras, se le iban acercando para respirar su aliento, y así también, casi sin darse cuenta, levitaban con él a un centímetro del suelo.
Entre las muchachas había una dura competencia y una fuerte lucha, sin ningún atisbo de piedad y sin ninguna clase de cuartel. Entre ellas se disputaban el derecho y el gran goce de estar entre sus brazos, transportadas y sostenidas. Abrigadas en su abrazo y balanceadas como niñas traviesas, como muchachas felices.
Él era la corona.
Muchas soñaban con ese pájaro hermoso, ese aire fresco, ese halo de invierno. Él era un sueño, mejor que la música misma, mejor que el sueño verdadero, él no era dolor ni era cansancio, no había fatiga ni tampoco espera
Y aquella luz,
la luz toda ella,
era para ellos dos,
los dos que bailaban,
que bailaban a dos,
más ligeros que ella,
más tranquilos que la luz.
Él no intervenía, ni tampoco parecía elegirlas, las miraba y al bailar las tocaba con sus ojos color arena y su cuerpo de madera cortada, claro, abierto y perfumado desde dentro.
Ellas, cándidas y anhelantes, se mordían los labios y las uñas pintadas con esmero la tarde anterior.
Por él suspiraban y por él se humedecían la boca, ansiosas y sedientas.
Él, ni aburrido, ni divertido, a todas les prometía su compañía, se hacía querer y buscar, pero ni escondiéndose, ni huyendo. Quedándose las angustiaba, viéndole se morían, mirándole lo veían y no lo tenían.
Y cuando lo tenían no lo veían, no podían, y no podían porque lo pensaban, mientras él sí, él sí las miraba y al verlas no las pensaba, ni jamás las recordaba.
Ninguna lo podía retener un paso más de la cuenta. Bailaba con ellas, las acunaba suavemente. El corazón de las niñas se descolocaba, se desbocaba y bailaba también dentro de su pecho pequeño, casi siempre por estrenar.
Así las preparaba y así las conducía.



Madeleine De Cubas dijo
Precioso, Peletero, pero déjame recomponerlo, a mí que me gusta modificar lo que está perfecto. Permíteme recontar la historia: "El es un buen bailarín, y a las chicas les gusta, tiene el físico adecuado, delgado, esbelto y ágil. Alto. Las abraza y ellas se dejan llevar con suavidad y firmeza. Su sonrisa es dulce como son fuertes sus brazos y rápidos sus pies. Su mirada todavía es triste y un mechón negro le cae por la frente. Tiene las manos sin marcas ni rastros, porque cuando baila con ellas NO tiene pasado y posiblemente tampoco tiene futuro. Pero no importa, porque la luz, la luz toda ella, es para los dos, para la niña de turno, y por eso ellos bailan tranquilos, más ligeros que la luz. Y el perfume de él es suave al entrar, y áspero al salir, lo que para ellas significa que aunque él luego del baile no las recuerde, ese baile fue para ella, sólo para ella y para nadie más. El corazón de las niñas se desboca y baila dentro de sus pechos un vals eterno, único, difícil de repetir. Un beso grande.
5 Diciembre 2007 | 05:07 PM