El peletero/El Gordo/El Fin (3 de 5)
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Brigitte estaba casada con un marido arruinado, y eso, indudablemente es lo peor que le puede pasar a un marido, arruinarse. Pero Brigitte era una buena esposa, nunca lo abandonó y siempre estuvo a su lado.
Los habían estafado. Eran unos nuevos ricos y unos ignorantes y alguien muy avispado les convenció que debían invertir en arte. Brigitte era una mujer lista, pero su marido quería, comprando arte, comprar un saber que no tenía, quería comprarse un pasado. Los engañaron como bobos y terminaron por adquirir cosas que no valían nada.
Cuando ella empezó a olerse el desastre me llamó a escondidas de su marido alguien le había hablado de mí. Él no atendía a razones y parecía haber enloquecido. Los juzgados ya estaban embargando su patrimonio por deudas, incluso también esas pinturas que no valían nada.
Siempre me han gustado las estafas relacionadas con el arte, poseen un encanto que no tiene el simple y escueto dinero. Una de las esencias del arte es la representación, otra la del demiurgo. La primera es la mejor falsificación que el ser humano ha logrado de la segunda, a falta de algo mejor el arte es la impostura perfecta. A lo largo de mi vida, más ancha que larga, he podido comprobar que la mayoría de personas prefieren la representación de la belleza que la belleza misma. Es una actitud intelectualmente inteligente, poéticamente sensible, pero moralmente puritana, les cuesta aceptar que únicamente en las corridas de toros y en los espectáculos pornográficos se dan ambas, la representación de la belleza y la belleza misma. Donde se actúa muriendo de verdad. Esa es la razón por la que siempre comparamos el sexo con la muerte. Son lo mismo.
En el antiguo Egipto el mérito era el saber copiar, ser fiel a una tradición milenaria. La bondad de una obra estaba en la máxima similitud que conseguía con la anterior. El saber siempre se hallaba en un lejano pesado, en aquel tiempo que fue habitado por dioses, ellos poseían la ciencia y la sabiduría, seguir sus enseñanzas y sus técnicas era el deber de todo hombre que se preciara, debía realizar su labor y comportarse con sus semejantes tal y como siempre había sido establecido. Los libros, cuanto más antiguos más sabios. Era así. Ahora muchos pretenden que las cosas continúen siendo iguales, todos los que no tienen nada que decir siempre argumentan con palabras antiguas, de sabios y emperadores más rancios que un mal vino. Pero los tiempos han cambiado y han cambiado para mal, y lo que realmente se valora es la total novedad. Esa es también una de las claves del éxito de la misma ciencia, la verdad ya no se encuentra en el pasado, se halla en el futuro. Por eso el dinero es zafio, siempre nos tropezamos con él en el más sucio y devastador presente. Sin embargo, a mí, lo que ahora creo fue importante de este caso y me interesa relatar son las entrevistas que tuve con un personaje muy singular y peligroso, el verdadero autor de la estafa. El hombre invisible.
Le pedí una entrevista, quería ver qué clase de cosa era, si animal o mineral, si ángel o mariposa, luciérnaga, hormiga gigante o gacela joven.
La primera vez que lo vi no me desmayé, se me fue la razón. Su rostro era un magnífico y perfecto autorretrato, no sabía si hablaba con su cara o con su máscara, con él o con otro.
Si me miras morirás, dijo con absoluta claridad, ¿lo dijo realmente, o solo me pareció oírlo?
El impacto fue demoledor.
Para sobrevivir tuve que cerrar los ojos y cuando los volví a abrir me encontré con algo parecido a un ejecutivo cínico y presuntuoso. Físicamente vulgar, pequeño, delgado y extremadamente pálido. Su traje y su corbata eran grises, pero parecía ir desnudo; su cabeza era tan calva como su cara. No movía el cuerpo ni los labios, parecía un ventrílocuo sin muñeco.
El sonido lejano que me llegaba desde el otro lado de la mesa era el rugido de una bestia. Y la cosa que veía era una estatua de mármol con los ojos bailando como locos dentro de sus órbitas.
A pesar de estar completamente empapado en sudor y a apestar a adrenalina, no recordaba haber tenido pánico. Lo que sí tenía era un agujero en el cráneo absolutamente tranquilizador. La calma de la derrota. Mis ojos veían a un tipo extraño y mi estómago ardía en ácido y cuando esto me sucedía sabía que lo mejor que podía hacer era emprender la huida, rápida y sin preguntas.
Mucho tiempo después, pensé vanidoso, que yo debía de ser un rival con talla suficiente para merecer el honor de ser testigo y víctima a la vez de su arma más secreta y definitiva y que sólo utilizaba en ocasiones importantes: la verdad absoluta.
Él me enseñó que la forma más contundente de engañar es decir la verdad, porque su poder no es el de la luz, sino el del resplandor, la ceguera total. La mentira en cambio, tiene el poder de la sombra, la virtud del perfil, es el don de la diferencia. Por eso y desde entonces procuro que mis mentiras sean siempre verdad.
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el-peletero dijo
Querida pingpong, he visto que le han borrado a usted un comentario que había colgado en otro blog. No se preocupe, le agradecería mucho que repitiera aquella pregunta en mi casa y así yo pueda respondérsela sin interrupciones.
Ya verá que viene a cuento, pues en la presente historia de “El Gordo” también aparecen asesinos.
Muchas gracias por visitarme y comentarme.
11 Junio 2008 | 12:44 PM