El peletero/Ángela (11 de 20)

De cómo llegué a las puertas de “El Paraíso”.
Todo eso, debo repetirlo, no era asunto mío, pero creía que cumplía con alguna clase de deber si averiguaba algo. Tal vez mi amigo estaba metido en algún problema grave y yo debía advertirle. O eso quise pensar que era para disfrazar así mi mera curiosidad.
Una tarde, antes de que él llegara, llamé al prostíbulo desde el portero automático que había afuera, en la calle, y pedí que me abrieran. Antes de subir miré los nombres que había en los buzones para las cartas. En uno de ellos estaba escrito el de Ángela Martínez López, era la puerta A del cuarto piso.
“El Paraíso” estaba en el entresuelo y aunque la casa tenía ascensor subí a pie. Eran pocos escalones. Al llegar al rellano de ese edén, en la puerta A también, la que se hallaba a la derecha, vi que había una morena imponente esperándome con una sonrisa de oreja a oreja. No me fijé bien, pero creo que no iba muy vestida, quiero decir que llevaba poca ropa.
Me disculpé, le dije que me había equivocado de botón al llamar al timbre, que iba al segundo. Me respondió en tono cariñoso no sé qué de “claro, mi amor” y que si me había equivocado podía enmendar el error fácilmente, y que si subía al segundo piso luego debería bajar, que el suyo era un paraíso al que se llegaba también bajando y que ella me estaría esperando, o algo parecido. La chica prometía vocación de poeta. Le agradecí su buena predisposición y le respondí con la mejor de mis sonrisas que tal vez otro día.
Subí hasta el segundo, a medio camino del entresuelo donde se hallaba “El Paraíso” y del cuarto A, donde vivía Ángela Martínez. Allí me quedé, amparado en una sombra y medio asomado a la escalera, procurando ver desde arriba quién entraba en el burdel. Estuve un buen rato, había llegado demasiado pronto. Me sentí como un tonto y pensé que seguramente estaría mucho mejor en brazos de esa morena. En eso estaba cuando oí abrirse la puerta de la calle. Alguien entró, no pude ver quién era, pero era la hora exacta, la hora a la que siempre llegaba Daniel. Llamaron al ascensor, que bajó. Al llegar a la planta baja abrieron sus puertas y alguien entró en él. El ascensor subió y se paró en el cuarto piso, dos plantas más arriba de donde yo estaba. No sé si era Daniel, pero debía de ser él, era lo más probable. Entre una cosa y otra estuve casi una hora vigilando y rezando para que nadie me viera allí, escondido y casi embozado, y pensara que era un ladrón. Durante todo este tiempo solamente llegaron dos clientes al burdel que no eran Daniel, a esos sí los pude ver lo suficiente y no eran él, no vestían como él.
La persona que subió al cuarto piso llamó a una de las dos puertas, mi oído es bueno y juraría que también era la de la derecha, la A. Alguien abrió desde dentro y creí oír también un “hola”, la voz parecía femenina y la respuesta, otro “hola”, de un hombre, pero desde el lugar que ocupaba no podía ver quién era el que abría y quién el que entraba.
Ése que había subido tenía que ser un hombre y tenía que ser Daniel, era jueves y era la hora exacta, las 14,30. Y la tal Ángela Martínez López tenía que ser su ama, no podía ser otra.
!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->





ren dijo
”Todo eso, debo repetirlo, no era asunto mío, pero creía que cumplía con alguna clase de deber si averiguaba algo. Tal vez mi amigo estaba metido en algún problema grave y yo debía advertirle. O eso quise pensar que era para disfrazar así mi mera curiosidad.”
Es una buena reflexión esa que se hace el narrador. “. O eso quise pensar que era para disfrazar así mi mera curiosidad.”
¿Por qué nos interesan tanto los asuntos, la vida privada de los demás? Todos aseguramos sentir la más absoluta indiferencia y el más sacrosanto respeto por la vida privada ajena, pero salvo honrosas excepciones en que efectivamente es así, en la inmensa mayoría de las ocasiones las orejas crecen y parecen parabólicas en cuanto se deja caer en nuestros oídos un chisme sobre alguien. Y a la proliferación y enorme audiencia de programas amarillistas de todo tipo me remito. Ya no nos basta saber al dedillo las andanzas de cada vecino, además necesitamos del satélite para saber las del resto del mundo.
Un eminente siquiatra, neurólogo y escritor andaluz, Castilla del Pino, dice:
” Lo público, las actuaciones públicas son, además de observables, dispuestas por el sujeto para que sean observadas. Las privadas son aquellas que pudiendo ser observadas, el sujeto dispone los requisitos de inobservación. Las íntimas son, a diferencia de las anteriores, propiamente inobservables, aun cuando el sujeto pretenda lo contrario”
Así es y así lo sabemos todos, por eso, de esas tres facetas de la vida de cada cual, la pública, la privada y la íntima, tendríamos que limitarnos a observar la primera, la pública, que además es inevitable puesto que somos seres gregarios que vivimos en comunidad. ¿Por qué, pues, no nos conformamos con eso e intentamos acceder a lo que solo corresponde a su propietario? ¿Qué hay tras esas curiosidad por lo que pasa detrás de las puertas de la gente?
Alguna vez he leído que la vida privada de los demás nos sirve como segundo término de comparación con la nuestra, una manera de conocernos mejor mirando al otro, que es una forma de mirarnos en él.
También es posible que introducirnos en la privacidad de los demás sea una forma de construir la cotidianeidad, esa que constituye en marco en que nos desenvolvemos ineludiblemente cada día de nuestras vidas y que es imposible aprender fuera del circuito del camino que se patea a diario. La cotidianeidad no está en los libros. Las ciencias, incluso las humanísticas, solo conclusionan – como diría una querido amiga nuestra- a toro pasado, parten de la observación y análisis de lo ya ocurrido. La cotidianeidad, en todo caso, se puede anecdotar y describir en sus particularidades, pero no conceptualizar más que diacrónicamente.
O simplemente signo de una vida monótona y vacía, que intentamos llenar con la de los demás.
Lo cierto es que el narrador, llevado por lo que quiera que sea, incluso quizás solo por ese legítimo y natural deseo que sentimos de ayudar a quienes queremos al que alude al principio, se encuentra ahora mismo agazapado entre las sombras de un rellano intentando averiguar a qué piso se dirige Daniel. Y ¡por fin..! sabemos que no va al Paraíso, sino a casa de Ángela Martínez. Ahora queda por ver si esta Ángela es el ama de cría de que se nos ha hablado en capítulos anteriores. Ya tenemos satisfecha esa curiosidad. Lo mismo que el protagonista… Somos todos unos cotillas. :-)
Y también queda por saber si el narrador no terminará por arrepentirse de no haberse quedado entre los brazos de la morenaza con vocación de poeta. Los asuntos de Daniel no parecen nada claros, eso de que lo siga un automóvil y de que él se sepa perseguido…
Petons de divendres, estimat amic.
19 Junio 2009 | 07:28 PM