El peletero/Ángela (12 de 20)

La hija de Ángela Martínez López
Tuve suerte y Cristina terminó de leer el libro pronto, así que Daniel me llamó para quedar y prestármelo. Cuando nos vimos traté de llevar la conversación a donde deseaba. Le hable de mis padres, que ya estaban muy mayores y cuya situación me preocupaba. Me interesé por su madre, que todavía seguía viva, y por supuesto también por Ángela. ¿Qué es de ella?, le pregunté.
Me respondió que estaba enferma, que padecía demencia senil, que ya no reconocía a nadie, que incluso se había vuelto agresiva, violenta y mal hablada cuando antes nunca lo había sido. Hacía seis meses que la había ingresado en una residencia para ancianos, sedada y medio convertida ya en un vegetal. Cada día eran más las horas que permanecía en cama, no andaba y ya era absolutamente dependiente. No era capaz ni de comer por sí sola.
¿Qué hiciste con el piso donde ella vivía?, le pregunté. ¿Está vacío?, ¿lo vendiste?
No, allí vive ahora su hija.
¿No estaba casada esa chica?
Sí, se casó. Y al poco tiempo los dos perdieron el empleo que tenían. Ya sabes, trabajos muy precarios, ella hacía de muchacha de la limpieza y su marido de peón en la construcción. Su madre me llamó para pedirme si los podía alojar en la casa. Se habían quedado sin la suya al no poder pagar la hipoteca. Le respondí que sí, que naturalmente. Los dos se instalaron con Ángela. A mí no me pareció mal, además, esa era una manera de que no estuviera sola.
¿Y qué pasó?
Bueno, a los pocos meses se separó el matrimonio. Él se fue y se quedaron madre e hija, las dos juntas y solas en aquel piso.
¿El padre apareció alguna vez?, ¿supisteis quién fue?
No, nunca lo supimos. Oficialmente siempre constó como hija de madre soltera.
Así debía de llevar los apellidos de su madre.
Sí, y además se llamaba como ella, igual, Ángela.
El apellido era Martínez, ¿verdad?, le pregunté aparentando ignorancia.
Sí, Martínez López.
¿Por qué le puso el mismo nombre?, ¿por qué hace eso la gente? ¿Creen que el nombre hace a la persona?
Quieren pensar que el hijo o la hija no cometerá sus mismos errores. Es una manera extraña de darse una nueva oportunidad a través de otra persona, y para eso nadie mejor que un hijo.
Yo nunca le pondría mi nombre a mi hijo
Yo tampoco, pero ni tú ni yo tenemos hijos.
Para ti debió de ser una buena solución, ¿no? La hija cuidaba de la madre.
Así fue. Incluso le pagué un sueldo. Lo hice para dignificar la ayuda que les prestaba. Mi ama Ángela era de mi responsabilidad, pero su hija no. Creo que fue la mejor solución para tenerla atendida y cuidada. Hasta que ya ha sido imposible y me he visto obligado a ingresarla en una residencia.
Claro, le respondí. Y en el piso vive ahora sola la hija, ¿no? ¿Vas a menudo por allí?, le pregunté con la mejor cara que supe poner de inocencia.
No, hace meses que no voy, hay días que la llamo por teléfono, nada más.
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¿Por qué me mentía?
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¿Y qué harás con ella?, ¿se quedará a vivir allí?
Le he dicho que se busque trabajo, que su función en esa casa ha terminado ya. Su madre no regresará, morirá más pronto que tarde. Yo no le doy prisa, pero ya se lo he dicho con claridad. Debe encontrar trabajo y también algún sitio para vivir.
¿Y tú no la puedes ayudar a encontrar ese empleo?, insinué.
Bastante trabajo tengo en encontrar uno para mí, me respondió algo inquieto.
Pero son dos niveles distintos el tuyo y el de ella, no tiene nada que ver una cosa con la otra.
Lo que yo creo es que durante estos dos últimos años se ha conformado a una vida relativamente cómoda y fácil, la de cuidar a su madre sin que nadie le diera órdenes. Si quiere encontrará trabajo facilmente. A propósito, ¿cómo va el tuyo?, me preguntó, cambiando sutilmente de tema.
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ren dijo
Buena pregunta.. ¿Por qué los padres ponen sus mismos nombres a sus hijos? "¿Qué hay en un nombre?", se pregunta Shakespeare en Romeo y Julieta. Los antiguos egipcios decían que el nombre es una cosa viva, tanto que ya sabes que para hacer caer en el olvido y aniquilar toda la existencia, incluida la eterna, de quien caía en desgracia se borraba de las inscripciones de sus tumbas su nombre, por lo general no su imagen. Al antropónimo se le otorgaba un valor fundamental, siempre fue así en las grandes civilizaciones teístas. El nombre, antes que como signo de identificación, opera como hacedor, como potencia mágica, y todavía hoy en algunas culturas se cree que será capaz de llegar a determinar cierto carácter o mística en los que lo ostentan, incluso su destino.
Y aunque los componentes rituales, religiosos y mágicos ligados a él se han perdido en nuestros tiempos, subordinados al pensamiento científico, quizás algún barro de aquellos lodos quede aún en el subconsciente colectivo, como por ejemplo muchos aspectos relacionados con el afán de trascendencia que tiene el ser humano. ¿Por qué un padre pone a su hijo su mismo nombre? Si el nombre encierra la esencia de las cosas y de las personas, traspasar el que se posee al hijo de alguna manera es seguir vivo en él, perpetuarse. Darse una nueva oportunidad, como dice el narrador, y me atrevería a segurar que mejor que la anterior. No solo no cometer los mismos errores, sino medrar más de lo que uno pudo en vida.
Otra pregunta –este episodio está plagado de ellas- , obligada, desde luego, es “¿por qué me mentía?”. Aunque yo, en la piel del narrador, hubiese añadido otra: “¿En qué más me habrá mentido?” Cuando descubres que alguien cercano te miente en algo importante creo que esa pregunta surge automáticamente, sin poderlo evitar. Al narrador no sé aún, a mí sí que me surgiría. No hablo de mentirijillas para quedar bien, para salir del paso, de mentiras piadosas que intentan evitar un daño al otro, no. Hablo de engañar en cuestiones en que, si la relación entre esas dos personas es firme, no debe haber invenciones ni falsedades. En todo caso, un honesto “Mira, esto es algo de lo que prefiero no hablar”.
Por supuesto que la respuesta de Daniel podría tratarse de una mentirijilla para salir del paso, para zanjar una cuestión de poca trascendencia que simplemente no hace al caso, sin más trastienda. Pero también podría ser que esta mentira solo fuese un eslabón más de una cadena de ellas. Lo que ha quedado claro, o eso parece hasta este episodio, es que Daniel se relaciona con Ángela de una manera (a saber cuál) que no quiere que sepa su amigo, y esa ocultación hace pensar que pueda ser asunto de cierta envergadura, que no ha dudado en mentirle ahora, y es inevitable pensar en si ya le ha mentido antes. La desconfianza es semilla que arraiga fácil y sobre cualquier superficie, mi querido Pele, y que una vez se instala es muy difícil erradicar, o imposible.
Molts petons.
24 Junio 2009 | 03:18 PM