El peletero/Ángela (15 de 20)

15. De cómo la curiosidad regresa.
Después de aquella novia que tuve, vino otra, al igual que ella también había sustituido a una anterior. Así que me olvidé de todo aquel asunto. Pensé sencillamente que mi amigo había tenido alguna clase de relación amorosa con esa muchacha, Ángela, y que por algún motivo que yo desconocía, pero que debía respetar, no había querido contármelo.
Así fue, hasta…
Hasta que los acontecimientos se precipitaron de una manera horrenda, pero lenta, como si un alambique destilara gota a gota su rara esencia.
Dos años después de toda esta historia que acabo de relatar, y en la que yo no quedo muy bien parado como investigador eficiente y eficaz, Cristina falleció, murió asesinada en plena calle en una noche lluviosa. Según parece la atracaron al salir de un cajero automático. Una simple puñalada acabó con su vida pocos días antes de Navidad. Las cámaras de seguridad no grabaron con claridad al asesino, apenas se vio una sombra agarrando un bolso y asestando una puñalada.
En aquel preciso momento, Daniel estaba con sus dos nuevos socios, trabajando en la nueva oficina que había abierto cuatro meses antes. Lo llamaron del hospital en plena reunión.
La policía abrió una investigación. Lo hizo por rutina, pero nada halló digno de ser tenido en cuenta.
Ya me había olvidado del automóvil que supuse le seguía, pero cuando asistí al funeral por la pobre Cristina me lo encontré en el aparcamiento, me acerqué y miré en su interior. No vi nada destacable. Desde el tanatorio nos dirigimos al cementerio en comitiva y allí lo vi de nuevo. Lo conducía un hombre y lo acompañaba una mujer, ambos parecían ser de la familia, al menos saludaban a Daniel y a los demás con naturalidad, como si fueran conocidos. En un aparte le pregunté quiénes eran y me respondió que eran unos primos de Cristina, y que él tenía una agencia de detectives. Recordé entonces algo que me contó Daniel de cuando tuvo su primer negocio, algo de un empleado que siempre presentaba la baja y al que investigaron por si hacía fraude. Le pregunté por ello y me respondió que así fue, que ese primo lo siguió y consiguió demostrar que no mentía, que el pobre hombre estaba enfermo de verdad.
Daniel estaba tranquilo, pero quise acompañarlo durante todo el día y la ceremonia, ayudándole con la gente y la familia. Al llegar la noche nos quedamos solos en su casa, yo preparé algo de comida y a medio comer se puso a llorar desconsoladamente. Lo abracé. Cuando se calmó le pregunté, para distraerlo un poco, por ese detective, que si sabía historias o anécdotas, que siempre son entretenidas. Me dijo que no tenía ganas de hablar, pero que había vuelto a contratar sus servicios. ¿Para qué?, le pregunté. Y me respondió que en su nueva oficina había alguien que robaba lápices, y cosas así. Había empezado con tonterías sin demasiada importancia, pero que cada vez aumentaba el valor de lo robado y en un solo día habían desparecido dos portátiles y luego un móvil. Sospechaban de una de las chicas de la limpieza y me comentó que su primo, el detective, estaba colocando cámaras escondidas para atraparla.
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ren dijo
Bueno, yo no diría exactamente que el narrador no queda muy bien parado como investigador eficiente… Sin más tiempo que alguna hora libre, sin formación específica y sin medios, ha descubierto que su amigo mantiene relaciones con la hija de Ángela, parece ser que amorosas. Lo único que le ha faltado es descolgarse por algún balcón cámara en ristre, como en las películas, y obtener la prueba gráfica “del delito”. Y no solo eso, también averigua que Daniel es perseguido por alguien, y que su amigo es una cajita de sorpresas, lleno de incógnitas. Porque quizás lo más relevante de lo obtenido mediante sus pesquisas no sea la casi certeza de que este señor tiene una amante -hay tantos casos de ese tipo que lo extraño hubiera sido no encontrarse con ello, máxime en las circunstancias de Daniel- sino el frente de dudas y sospechas que queda abierto con las mentiras, las ocultaciones de hechos de tanta envergadura como la muerte del ama de cría, la presencia de detectives siguiéndole el paso, y para colofón, la extraña y luctuosa muerte de Cristina.
No se puede negar que Daniel sería el primer sospechoso para cualquiera que conociera su affaire, del tipo que sea, con Ángela, y seguramente para los detectives que lo seguían, que, qué sorpresa, son primos de Cristina. La situación del muchacho es realmente límite, no puede abandonar a su esposa ni tener amantes si no quiere verse en la ruina, la solución más conveniente es, desde luego, que no exista ninguna Cristina pero sí su dinero. Y por otra parte, no sería de extrañar que ella misma fuese la que hubiera contratado a sus primos para seguir a Daniel. O quizás estos, alertados por algo extraño que hubiesen advertido su pariente político, con quien lógicamente se relacionarían como familiares, obraban por su cuenta, y seguramente advertirían a su prima.
La cuestión es que Daniel se sabe perseguido, probablemente ha identificado a los dueños de aquel coche, y sabe que todo en su vida pende ahora mismo de un hilo. De ese que la Parca acaba de tajar, tan convenientemente para sus intereses, delante de un cajero automático.
El narrador no ha sospechado ni por un momento que pudiera haber algún tipo de participación de su amigo en los lamentables hechos, está claro; por una parte lleva tiempo desligado de todo este asunto, con la mente puesta en cuestiones bien distintas, y ya se sabe que la bioquímica cerebral propia del estado de enamoramiento oscurece sin piedad el juicio crítico. A estas alturas todo lo descubierto sobre Daniel está como desenfocado, no queda más que la anécdota, ha desaparecido el interés, ese que permite ver, mirar, captar e interpretar. Pero por otra parte ese llanto desconsolado de Daniel una vez a solas tiene todas las trazas de indicar que ha sentido verdadero dolor por la pérdida de su mujer. Y al narrador en ningún
momento le surge ninguna duda, y menos aún sospecha.
Por supuesto no insinúo que tras la muerte de Cristina esté su marido, solo reflexiono sobre los intereses ocultos que había en esta relación matrimonial, los hechos ocurridos y lo “favorablemente” que se han resuelto para este chico. Las apariencias me llevan de la mano el pensamiento, pero vaya usted a saber… Siempre las apariencias...
Petons, estimat Pele.
30 Junio 2009 | 07:31 PM