El peletero/Ángela (17 de 20)

17. ¿Ángela Martínez López era Ángela Martínez López?.
El caso es que ésta fue casi nuestra última conversación.
Cuando digo conversación me refiero a eso, a conversar, no solamente hablar.
La invitación a la boda me llegó con puntualidad. Y yo asistí con mi novia de turno.
En esa boda conocí a Ángela Martínez López, la hija de Ángela Martínez López.
Una vez más me quedé boquiabierto.
Cuando digo que la conocí quiero decir que en aquella boda me la presentaron como Ángela, porque conocerla ya la conocía de antes y con otro nombre.
No es nada extraño ni rocambolesco. No era ninguna de las “masajistas” de ningún burdel, ni tampoco la estríper de un cabaret o barra americana. La conocí dos meses atrás como muchacha de la limpieza. Aunque la palabra “conocerla” es muy exagerada.
También es verdad que la había visto en la habitación de aquel hospital, pero, sinceramente, no la recordaba, ni a ella ni recordaba tampoco la apendicitis de mi amigo. La vi escasos segundos y Cristina casi me sacó a empujones.
Al verla ahora no reconocí a la chica de 16 ó 17 años que vi en aquella habitación de hospital y sí a la mujer que ahora limpiaba unas oficinas. Entre una escena y la otra habían pasado cerca de 20 años.
Apenas hacía dos meses, y cuando ellos dos ya llevaban siete de prometidos, habíamos ido a casa de un cliente a tratar de convencerle de la bondad de una de nuestras propuestas. Era muy tarde, pasadas ya las doce de la noche, allí estábamos, en la sala de juntas discutiendo asuntos profesionales. Mientras tanto dos muchachas limpiaban a nuestro alrededor, batas grises, escobas, cubos y detergentes en mano. Ellas se hablaban entre sí y uno de los empleados de aquella oficina que aún se encontraba por allá también les dirigió alguna palabra. Oí que una se llamaba o la llamaban Isabel, y la otra Maribel.
Sin querer vertí el café encima de la mesa, parte cayó al suelo y un poco encima de mi pantalón y en un mal lugar, justo en medio de la bragueta. Nuestro cliente llamó a Isabel para que limpiara el estropicio. Se acercó una de aquellas dos muchachas con una bayeta, esa tal Isabel, y en un santiamén estuvo todo limpio. Me entregó también una toallita mojada con agua y con un poco de jabón para que yo mismo tratara de eliminar la mancha de café que había caído en un lugar tan delicado. Recuerdo que se hicieron un par de bromas inocentes y tontas a propósito de ella, del lugar donde había caído, que tenía suerte que no fuera “café con leche”, y de mi estampa ridícula fregando mi pantalón. Bromas que esa tal Isabel no secundó ni sonrió ni mucho menos respondió, solo me miró al darme la toallita y me siguió mirando mientras yo mismo me limpiaba algo embarazado y a la vista de todos, y me seguía mirando cuando se la devolví.
Nosotros continuamos trabajando un poco más. Ellas dos terminaron y se fueron. Más tarde, al marcharnos, al salir a la calle y antes de llamar a un taxi, vi a una pareja al lado mismo del portal besándose con mucha entrega y entusiasmo.
Debimos de hacer ruido mis compañeros y yo, o nos hicimos notar por algo. Al pasar por su lado dejaron de besarse y nos miraron. Ella era esa Isabel que minutos antes me había entregado una toallita mojada con jabón para que limpiara mi entrepierna, y él era un hombre bastante joven, más joven que ella, muy alto y corpulento.
Ésa era la anécdota sin importancia. No hubiera llegado a ser ni siquiera una anécdota si no fuera porque esa tal Isabel fue, dos meses más tarde, Ángela.
¿Por qué se había cambiado el nombre?
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ren dijo
Pues sí, ese fin de las conversaciones entre ambos era el corolario previsible al fallido farol que se marcó el narrador. Daniel se ha dado cuenta de que su amigo sabe más de lo que debiera saber, aunque seguramente no imaginará exactamente qué ni cuánto, pero a partir de ahora lo mejor es limitarse a “hablar del tiempo”, no proporcionar involuntariamente más información que pueda acercar al narrador al epicentro de unas actividades que seguramente son de carácter bastante .. dejémoslo en “incierto”, y que le interesa mantener en secreto.
Está claro que la carrera “detectivesca” del narrador pasa por un mal momento, su principal fuente de información se ha secado.Y es que lo peor que le puede ocurrir a un profesional del fisgoneo es ser descubierto por su presa. Pero la casualidad, el destino, acuden en su ayuda en esta ocasión, y al frente de interrogantes que ya se había abierto en torno a Daniel se viene a sumar uno, y de no poco calibre, acerca de Ángela. ¿Qué hacía besándose apasionadamente con otro hombre dos meses antes de su boda, por qué trabajaba con un nombre falso? Verdaderamente, en esta historia no ganamos para sustos, Pele, por Dios…
Pero a mí me surge ahora otra pregunta: ¿qué hará el narrador con esa información? Es la típica que te pone entre la espada y la pared, justo la que entiendes que debiera conocer tu amigo, por lo mucho que le concierne, pero que no sabes cómo dar ni si será oportuno, y figúrate en el caso concreto de Daniel, que se está casando... Ya es tarde. La verdad es que este muchacho se encuentra en una situación realmente comprometida de la que va a ser muy difícil si no imposible salir con bien, con la conciencia en paz consigo mismo y a la vez conservando la amistad con la persona a la que atañe aquello que descubres.
Me parece que el protagonista de esta serie ha hecho un mal negocio dejándose llevar por la curiosidad y metiéndose a Sam Spade aficionado… Un detective trabaja precisamente para ofrecer a quien le contrata el fruto de sus averiguaciones, sea el que sea, haga daño o no, pero cuenta con la ventaja de que al no tener generalmente relaciones personales con el cliente esa lejanía emocional le permite franquearse con él sin problemas a la hora de comunicar los resultados. Además, trabaja por petición expresa de esa persona, que realmente desea saber todo lo posible sobre la cuestión que le preocupa y le mueve a contratar servicios profesionales de ese tipo.
Nada de eso ocurre en este caso. El narrador es amigo personal desde hace muchos años de ese al que investiga, está obrando por su cuenta, nadie le ha pedido nada, y el problema de buscar es que a menudo encuentras, y que lo que encuentras te puede explotar en la manos. ¿Qué hacer con una información que afecta de manera importante a alguien con quien mantienes una relación estrecha pero que no es una información oportuna en absoluto, que puede hacer daño aunque a la larga el provecho sea mayor? ¿Qué hacer cuando lo que tienes que decir sabes que redunda en beneficio de algún tipo para el otro pero herirá su sensibilidad y quedarás mal, o fatal? ¿Qué hacer cuando sabes que tender una mano, advertir sobre algo, molestará a otro pero es necesario para evitar que caiga en un hoyo? ¿Cumplir con lo que te demandan la conciencia, el cariño, aunque eso suponga que la otra persona puede terminar hasta odiándote? ¿ O callar y rezar para que vea el hoyo a tiempo y no caiga en él, para que el destino sea benevolente y no haga falta que te impliques?
Encontrar el equilibrio adecuado en las relaciones humanas siempre es muy difícil, pero se me antoja que en ocasiones se hace imposible, o casi, sobre todo cuando hay que conciliar buena voluntad y oportunidad en las actuaciones.
Molts petons, estimat amic.
2 Julio 2009 | 06:02 PM