El peletero/Ángela (18 de 20)

18. Dos tallas de diferencia.
Ese incidente había tenido lugar dos meses atrás, cuando apenas hacía tres que Daniel me había comunicado su futuro matrimonio con ella. Y según me contó él mismo, ya hacía seis que eran prometidos.
¿Ella le engañaba con otro?, ¿con un chico joven, alto y robusto?
Ángela era una mujer bella y atractiva, pero que no habría ganado ningún concurso de belleza si se hubiera presentado. Con eso quiero decir que también aparentaba ser alguien normal. Era una mujer callada, apenas hablaba, solamente las palabras justas para ser educada. No sonreía, excepto cuando terminaba una frase protocolaria, durante un segundo, quizás dos, nada más.
Dos segundos o un segundo y medio con una desviación estándar de la media de apenas un parpadeo era mucho tiempo. Era una sonrisa larga en una cara ovalada, debajo de unos ojos que te miraban fijo. Los ojos te mataban y la sonrisa te tranquilizaba. Pero eso lo sabías si eras capaz de tapar mentalmente una cosa o la otra y ver así solamente una de ellas y por separado. Ambas juntas, la mirada y la sonrisa, se neutralizaban y te neutralizaban.
Era fina, pero sólo de medio cuerpo para arriba, en cambio, de cintura para bajo mostraba unas caderas excesivamente pronunciadas. No le pude ver las piernas, el traje de novia se las ocultaba, y el día de la mancha de café estaba yo demasiado ocupado en limpiarla, pero sí puedo afirmar que entre la dos mitades había dos tallas de diferencia, esa muchacha seguro que tenía problemas al comprarse ropa, pensé.
Dos tallas de diferencia.
¿Dos tallas de diferencia?
¿Estrecha de hombros y pechos pequeños con unas caderas grandes y quizás unas piernas de futbolista?
Daniel era un hombre bajo, 1,65 de estatura y ella cerca de 1,60, no más. En cambio, el muchacho con el que la encontré besándose debía llegar al 1,90 de altura.
Otro hombre muy alto era nuestro antiguo jefe de personal. Él y yo habíamos tenido una buena relación, muy cercana a la amistad. Ya no trabajaba con nosotros, ahora lo hacía en una de esas empresas de limpieza que suministran el servicio para oficinas, naves y grandes almacenes. La empresa en la que ahora se ganaba la vida no era la misma de “Ángela-Isabel”, era otra de la competencia, pero debía de tener contactos, conocidos o amigos. Era una mera suposición, pero lo intenté.
Le llamé una semana después de la boda y le pedí directamente un favor personal. No preguntes, le advertí, quiero saber si en aquella empresa, la de “Isabel”, trabaja o ha trabajado una tal Ángela Martínez López. Se hizo el remolón, incluso me aviso de que aquello era ilegal y no sé qué más cosas. Le respondí que sí, que ya sabía todo eso y que por esa misma razón confiaba en él y en su discreción, en su valía y en su amistad. La vanidad siempre funciona, el caso es que debió de sentirse halagado y me hizo el favor.
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ren dijo
Delgada de cintura para arriba y anchita de caderas para abajo, dos tallas de diferencia… Para el Arcipreste de Hita, allá por el siglo XIV, “esa es talla de dama”, así lo dice en la descripción que hace de la mujer ideal, de la sex symbol de su época, en su Libro de Buen Amor. Hoy consideramos desproporción esas medidas, ya ves cómo cambian los cánones estéticos.
Dos tallas de diferencia es como tener dos mujeres en una, y desde luego esta especie de dismorfía corporal que presenta Ángela parece una casualidad poética, o una representación simbólica pero bien física, carnal, de la doble vida y personalidad de la hija del ama de cría. Dos tallas, dos nombres, dos amantes de dos edades y dos estaturas distintas, dos estatus: limpiadora y ahora señora. Una especie de dios Jano, o de Hécate venida a menos, geminada en vez de trigeminada pero oscura e inquietante, y al igual que la Triple Diosa ubicada en un reino de sombras, donde se desenvuelve su enigmática vida. También doncella, vieja y madre, como Ella… joven, callada y con el mismo nombre de su madre, Ángela, encarnación del ama de cría, que vuelve del Hades para concretar y hacer carne los temores, recelos y rivalidades de Cristina.
Quizás Cristina nunca fue de todo consciente del alcance de sus intuiciones, de lo que generaba aquella animadversión casi irracional hacia la “madre” de Daniel. Ni por edad, ni por posición ni por estatus aquella mujer podía representar un peligro real en ningún sentido, pero Cristina barrunta que la amenaza existe, y está en la proyección de Ángela: su hija, lacónica, callada y misteriosa, vieja prematura como ella, con su mismo nombre. La esencia del ama de cría, así pues ella misma, se perpetúa en la jovencita de larga melena negra, ojos que mataban y sonrisa que daba la vida. La joven es la otra oportunidad que se concede su madre cuando le pone su mismo nombre.
O quizás sí que Cristina fue consciente de todo esto, pudo muy bien haber sido ella la que contratase a sus primos detectives. O puede que estos obrasen por su cuenta al haberse percatado de algo extraño; contacto con Daniel tenían, puesto que éste los reclama para hacer averiguaciones en su propio despacho.
El que no escarmienta es el narrador, que persiste en sus averiguaciones a pesar de la velada advertencia que ha recibido de Daniel y utiliza a un antiguo empleado para continuar con ellas. Tonto no es, sabe que la vanidad es la miel que atrapa por las patitas a la mosca más astuta.
Petons, Pele-Hammet.. :-)
4 Julio 2009 | 01:46 PM