El peletero/Ángela (y 20)

20. De cómo los finales no son nunca ningún principio.
Daniel y Ángela estuvieron casados algo más de 10 años. Ella tuvo un hijo, un varón al que llamó Miguel, como su padre adoptivo, el marido de la tía que la crió. A los 8 años ingresaron al muchacho en un internado. Lo veían en vacaciones y por Navidad.
Daniel, igual que su padre, falleció en un accidente de automóvil. La autopsia reveló que instantes antes había sufrido un infarto, y que seguramente ésa era la causa del accidente. Se salió de la carretera en una recta que parecía no tener fin.
Ángela vendió la casa de la ciudad, el chalet de la costa, su participación en el negocio de su esposo, y otros bienes y acciones que poseían en diferentes empresas. Y se instaló en la casa donde se había criado con su tía, y el marido de su tía, en un pueblo que no tenía nada de especial, al menos no para los que no habíamos nacido allí, y eso es siempre tener muy poco.
Las malas lenguas cuentan que en el patio quemó muchas fotografías y que en ocasiones viene alguien a visitarla. He pensado que tal vez sea su hijo, pero no puedo asegurarlo, puede ser otra persona.
El día del funeral de Daniel me encontré con su primo, el detective. Me acerqué y le pregunté sin miramientos por qué lo había seguido en aquella época ya remota, qué buscaba y quién le pagaba por hacerlo.
Me miró muy sorprendido. ¿Qué dices?, me preguntó.
No se pregunte cómo lo sé, le interrumpí, respóndame, se lo ruego.
Hizo un gesto. Tuve la sensación de que iba a responderme de inmediato, pero no dijo nada. Se me quedó mirando atónito, me dio la espalda para irse cuando vi que dudaba. Se giró y me soltó de sopetón:
Cristina, fue ella quien me pagaba, quería saber qué hacía él, si la engañaba con otra. ¿Lo supiste por ella?, me preguntó.
En lugar de responderle le pregunté de nuevo si era Ángela la muchacha que también había investigado por cuenta de Daniel, colocando cámaras de vigilancia secretas para atrapar al ladrón que tenían en la oficina, aquel que empezó robando lapiceros y terminó con portátiles. ¿Descubrieron quién era?, ¿era Ángela?, le pregunté, ¿o era otro?
¿Por qué quieres saber todo eso?, ¿cómo sabes estas cosas?, ¿con qué derecho me preguntas?, me espetó, esta vez enfadado.
Yo era amigo suyo y algún derecho tengo, ¿no?
Puede que tengas alguno, me respondió más calmado, pero no hay ningún juez que te lo garantice. Además, todo eso no tiene importancia, son cosas de matrimonios, de hombres y de mujeres, tonterías de ésas, líos de camas, ya sabes, sexo y dinero, empresarios que se imaginan que les roban el pan de cada día, y mujeres que no saben relajarse, nada importante, nada que deba saberse.
No sé si no sabía nada, si sabía mucho o poco, o si bien sabía lo suficiente o lo necesario. No lo he sabido nunca, nunca he sabido exactamente qué sabía yo mismo, como tampoco he sabido si había algo que saber. En aquel momento lo único que sabía de cierto es que no hay ninguna recta que no termine en una curva.
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ren dijo
Pele de mi alma, no tengo más remedio que aplaudir este final, aunque me esté protestando esa prima que llevo dentro curiosa – bienintencionada. Me he quedado con un montón de dudas… ¿qué sospechaba en concreto Cristina que la hizo contratar a sus primos detectives? ¿Qué relación exactamente había entre Daniel y Ángela hija? ¿Realmente eran amantes? Porque eso nunca ha llegado a quedar claro, solo sabemos que ambos se reunían durante horas un día a la semana, el jueves, en el apartamento que ocupaba el ama de cría, pero ni el narrador ni, en consecuencia nosotros, tenemos certeza de qué ocurría allí dentro. Y ya sabemos que a veces las apariencias y la lógica engañan.
Para más INRI, en este último episodio aún se abre otra incógnita más que, para desencanto nuestro, tampoco quedará resuelta: ¿era Ángela la que efectuaba aquellos robos en la oficina de Daniel? O sea, ¿la chica trabajaba allí? ¿Uno tiene de amante a alguien de quien sospecha que le roba? ¿Qué le mueve a casarse con ella? Tantos miramientos con los prejuicios sociales, ¿y contrae segundas nupcias con una limpiadora, hija de aquella que, aun habiéndole criado, tuvo que ver su boda con Cristina tras una columna? Bueno, los tiempos cambian, pero… ¿qué hay en realidad tras este nuevo matrimonio? ¿Amor, al menos por parte de él, o algún tipo de obligación contraído con esta mujer por los motivos que sea?
Desde luego, no parecen una pareja maravillosamente avenida, me resulta muy triste que el pequeño Miguel fuese relegado a un internado con 8 años, actualmente no es corriente que una madre no se encargue de su hijo, aun trabajando, y dudo que Ángela continuase ejerciendo su antigua profesión ni ninguna otra. Es como si estuviéramos ante una familia sin cimientos, sin lazos afectivos… Por otra parte, en cuanto Daniel fallece (extraño también que ese infarto solo “pareciera” la causa primera de su muerte) ella se deshace de todo, incluidos los recuerdos, o sabe Dios qué. anejos a aquellas fotos que quemó, y se vuelve al pueblo. No es, desde luego, la vida capitalina y de mujer rica, gracias a la herencia de Cristina, lo que la atrae. Es que no se queda ni con el chalet de la playa, con lo que a la inmensa mayoría de la gente le gusta ese metro cuadrado de arena que, con suerte, puedes ocupar en verano… Parece haber cumplido una misión y, tras ello, retirarse al lugar de donde siente que es y pertenece.
Pero me temo que nunca veré satisfechas mis dudas, como tampoco las verá el narrador, ni nadie resuelve todas las que tiene respecto a quienes le rodean. El final abierto que has dado a esta historia rubrica la cita de Proust que hacías en el capítulo 3:
“ nadie nunca está inmóvil y claro “ante nosotros, con sus cualidades, sus defectos, sus proyectos y sus intenciones, sino que es una sombra en la que jamás podemos penetrar, sobre la cual nos hacemos un cierto número de opiniones basándonos sobre palabras o tal vez sobre acciones que, unas y otras, nos dan sólo nociones insuficientes y además contradictorias...”
Así es, el otro siempre es una sombra casi impenetrable, sobre todo en lo principal. Palabras y acciones muchas veces son insuficientes, sobre todo porque solemos intentar interpretar las unas y las otras en base a las ideas preconcebidas que ya tenemos de él, adaptarlas como un mal traje a mala medida a lo que sabemos o creemos saber de esa persona.
Quizás, los únicos que consiguen acercarse a la verdad son los detectives, los profesionales, claro, y no siempre. Ellos rastrean otras vidas para descubrir sus errores, sus miserias… Escribir una historia de detectives, aunque sean aficionados, es escribir sobre la familia, la pareja, la sociedad, la vida, es dejar en el aire preguntas como cuánto derecho tenemos a saber lo que hace el otro, y, sobre todo, qué se gana sabiéndolo, qué hacer con esa información, cuánto confiar… ¿Estamos obligados a contarlo todo sobre nuestro pasado? ¿Hasta dónde hemos de compartir nuestro ámbito privado? ¿Tenemos derecho a reinventarnos? Y ..la pregunta más importante… ¿de verdad queremos saberlo todo? Creo que todo eso es lo que se ha puesto sobre el tablero en esta serie, de lo que hemos debatido, y lo que, al fin y a la postre, viene a sintetizar el detective cuando le espeta al narrador:
“ ¿Por qué quieres saber todo eso?, ¿cómo sabes estas cosas?, ¿con qué derecho me preguntas?”
Y, más adelante,
“ Puede que tengas alguno, me respondió más calmado, pero no hay ningún juez que te lo garantice. (….)nada importante, nada que deba saberse.”
La conclusión final del narrador es perfecta. Nunca sabemos si en realidad hay algo que saber, lo único cierto es que no hay ninguna recta que no termine en una curva. Algo de eso hablabas en un post de hace mucho tiempo, de que los tramos rectos son los más peligrosos. Los detectives investigan las miserias y los errores de otras vidas, pero es fácil que en esa tarea terminen espiándose o radiografiándose a sí mismos. El peligro de observar al otro es terminar viéndose a uno mismo. Y el vértigo es mortal.
Besos, Pele, y enhorabuena por la serie, y sobre todo por ese final.
8 Julio 2009 | 07:06 PM